Balacera en Canadá: un pueblo pequeño frente a una tragedia masiva que sacude al país
El último gran acuerdo bilateral que limitaba las armas estratégicas entre Estados Unidos y Rusia expiró en la madrugada del 5 de febrero de 2026. No es un simple trámite técnico: es el final de una era que redujo la probabilidad de malentendidos y de escaladas por error entre las dos potencias que controlan la mayoría de las ojivas nucleares del planeta. La comunidad internacional lo ve como un "momento grave" y pide volver a negociar, pero lo que viene por delante es una zona de mucha incertidumbre.
El Nuevo START —firmado por primera vez en 2010 y renovado en 2021— obligaba a límites concretos en ojivas estratégicas desplegadas (1.550 por cada parte) y permitía inspecciones in situ que ofrecían, pese a sus fricciones, transparencia operativa. Con su vencimiento se acaban las obligaciones legales que mantenían esas cortapisas y, con ellas, la seguridad de que ambas partes verán las intenciones del otro con la misma claridad que antes. Expertos alertan que, sin esos mecanismos, crece el riesgo de malinterpretaciones y de un rearme acelerado.
El secretario general de la ONU, António Guterres, resumió el tono global: "un momento grave para la paz y la seguridad internacional" y un llamado urgente a regresar a la mesa de negociaciones para acordar un marco sucesor que reduzca riesgos. Sus palabras no son retórica: la probabilidad de un uso nuclear —por diseño, cálculo erróneo o escalada— es hoy claramente mayor que cuando el tratado funcionaba.
Moscú se declaró libre de la atadura del tratado y dijo que, aun así, actuará "con prudencia y responsabilidad"; el Kremlin y su diplomacia han insistido en que siguen abiertos al diálogo, aunque al mismo tiempo varios portavoces rusos mostraron su frustración por lo que consideran retrocesos de todo un sistema de control de armas. Por su parte, en Washington la lectura oficial fue más cautelosa: la administración estadounidense ha enfatizado que cualquier nuevo marco debe incluir a China, porque Pekín ha incrementado sustancialmente su arsenal y hoy es una pieza clave en la estabilidad estratégica global. Esa demanda de incluir a China complica las negociaciones: Beijing ha rechazado hasta ahora formar parte de tratados con Washington y Moscú por tener un arsenal mucho menor, y no hay indicios de que vaya a cambiar de postura de un día para otro.
Sin límites legales y sin inspecciones activas, los despliegues y ejercicios militares pueden ser vistos por la otra parte como preparativos para un ataque preventivo, lo que abre la puerta a decisiones precipitadas. Eso no es ciencia ficción: es la lógica que empujó a la humanidad a contar con estos tratados desde la Guerra Fría.
Rusia y Estados Unidos concentraban la mayor parte de las ojivas del mundo; cualquier movimiento visible de reposición o modernización del arsenal puede incitar al otro a igualar o superar medidas, acelerando inversiones masivas en misiles, submarinos y bombarderos estratégicos.
EEUU insiste en que un acuerdo de siglo XXI incorpore a China; Rusia en algún momento propuso prorrogar el tratado por un año para ganar tiempo, idea que no prosperó como acuerdo definitivo. Incorporar a China es técnicamente deseable, pero políticamente complejo.
Los países de la OTAN han llamado a la "contención y la prudencia"; la UE advierte que la estabilidad estratégica se ha desmoronado y reclama pasos urgentes. Mientras tanto, naciones con ojivas más pequeñas observan con alarma cómo el tablero se reconfigura.
El fin de un tratado obliga a las partes a pensar en un marco más amplio y adaptado al mundo actual —con China, con tecnologías nuevas (hipersónicos, lanzadores móviles, cibercapacidad)—. Pero construir eso llevará tiempo, confianza y probablemente concesiones dolorosas.
La expiración del Nuevo START no es solo una mala noticia técnica: supone una transformación geopolítica que incrementa el peligro estratégico. A corto plazo, necesitamos gestos concretos que eviten la deriva: acuerdos de buen comportamiento (no escalada), mantenimiento de canales de comunicación militar y diplomática, y compromisos públicos de mantener límites prácticos mientras se trabaja en un marco sucesor. A medio plazo, la única salida sostenible pasa por ampliar el tablero —China incluida— y actualizar verificaciones para nuevas tecnologías. Todo eso no es cómodo ni rápido; es lo que separa a la política que meramente esculpe titulares de la que realmente reduce el riesgo de catástrofe.
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