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WASHINGTON / GINEBRA - La administración estadounidense responde pidiendo a Rusia y, sobre todo, a China que negocien cuanto antes un nuevo marco que no sea solo bilateral sino multilateral, porque —dicen— el siglo XXI requiere reglas distintas. Las reacciones internacionales fueron inmediatas: llamamientos a retomar la negociación, negaciones chinas, y advertencias de que la ausencia de límites aumenta el riesgo de una nueva carrera armamentista.
La emergencia es real y práctica: Nuevo START limitaba las ojivas estratégicas desplegadas y mantenía inspecciones que, pese a sus tensiones, ofrecían transparencia. Con la expiración del pacto, esas obligaciones desaparecen y la confianza operacional se debilita aún más —las inspecciones ya estaban suspendidas desde 2023—. Desde Washington sostienen que cualquier marco serio debe ahora incluir a Pekín, que ha incrementado notablemente su arsenal en los últimos años, mientras que Beijing rechaza por ahora sumarse a negociaciones trilaterales y tacha las acusaciones de exageradas.
El mensaje estadounidense, articulado por responsables como el secretario de Estado Marco Rubio y por el subsecretario Thomas DiNanno en foros internacionales, es doble: por un lado, reclamar que no se vuelva a gestionar el control de armas como un asunto puramente bilateral entre Washington y Moscú; por otro, señalar preocupaciones concretas sobre la transparencia y las pruebas que atribuyen a China y a Rusia.
DiNanno incluso acusó a Pekín de pruebas encubiertas y advirtió que el arsenal chino podría superar pronto las 1.000 ojivas si sigue su ritmo de crecimiento. Esa lectura justifica, en la visión de EEUU, la necesidad de un “tratado nuevo, mejorado y modernizado”.
Lo que cambia no es solo la letra de un tratado sino la mecánica de seguridad global. Sin límites legales y sin inspecciones activas resultará más fácil para cualquiera de las grandes potencias interpretar movimientos militares del rival como preparativos ofensivos —la clásica lógica del peor escenario— y responder en cadena. Eso aumenta el riesgo de errores, de despliegues preventivos y de una espiral de modernización acelerada: más inversiones en misiles hipersónicos, en submarinos lanzadores y en sistemas de alerta temprana.
ONG y expertos piden compromisos públicos para mantener límites prácticos mientras se negocia; la comunidad internacional, incluida la ONU, ha urgido a volver “sin demora” a la mesa de negociaciones para acordar un marco sucesor que reduzca riesgos.
Hay una complejidad política adicional: EE. UU. condiciona avanzar sin China en la ecuación, pero China rechaza entrar en un tratado diseñado originalmente para dos potencias. Rusia propone ampliar la mesa a otros estados nucleares, como Francia y Reino Unido, pero esos países se ven reacios a participar en un tratado que iguale sus arsenales mucho más pequeños con los de Washington o Moscú.
Incorporar a China (y de paso a actores como India) haría al nuevo acuerdo más legítimo y eficaz, pero también infinitamente más difícil de negociar: implica reconocer diferentes percepciones de seguridad, niveles de arsenal y regionalismos estratégicos.
La expiración del Nuevo START no es un detalle técnico: es una transformación estratégica que vuelve más frágil la estabilidad internacional. Lo urgente: mantener canales de comunicación abiertos, acordar compromisos públicos de no escalada y preservar cualquier mecanismo de verificación posible.
Lo necesario a medio plazo: diseñar un marco inclusivo que reconozca la realidad multipolar del arsenal nuclear en 2030 —con China en la foto— y que actualice los instrumentos de verificación para nuevas tecnologías. Sin esos pasos, la política internacional camina hacia una competición que no solo costará miles de millones, sino que aumentará la probabilidad de errores con consecuencias potencialmente catastróficas.
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