Balacera en Canadá: un pueblo pequeño frente a una tragedia masiva que sacude al país
La decisión de Washington de sancionar con aranceles a quien suministre petróleo a la isla no es un golpe técnico: es una soga al cuello que vuelve imposible la rutina y agrava la crisis de forma irreversible.
La escena es simple y brutal. Filas kilométricas en las gasolineras; la gasolina que aparece se vende en dólares y se acaba rápido; gente que hace la noche en la calle para poder llenar el tanque.
La escasez no es solo "incómoda". Es capacidad hospitalaria que cae, transporte público que se descompone y una producción industrial que se detiene por completo.
Una consultora citada calcula que Cuba solo tendría reservas para 15–20 días si la cadena de suministro no se restablece. Esos flujos se cortaron cuando Estados Unidos aumentó la presión sobre proveedores internacionales.
El Estado habla de "chantaje y coerción"; la gente habla de hambre, de medicinas que faltan y de una vida reducida a evitar lo peor en medio de apagones constantes.
Tras la captura de Maduro y la operación en Caracas, Washington subió la apuesta: aranceles a quien venda petróleo a Cuba. El objetivo es forzar cambios políticos mediante el agotamiento económico extremo.
Esta jugada deja una banca llena de víctimas previsibles: la gente que hace filas y los enfermos que dependen de hospitales con generadores. Mientras tanto, millones seguirán contando horas en la fila.
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